Marcel Proust
El encuentro de Swann con
Odette
Ya empezaban a apagar en todas partes. Por debajo de los árboles del bulevar, en una misteriosa oscuridad, erraban los pocos transeúntes, apenas discernibles. De cuando en cuando, una sombra femenina se acercaba a Swann, le decía unas palabras al oído, y le pedía que la acompañara a casa; Swann se estremecía. Iba rozando al pasar todos esos cuerpos oscuros como si por el reino de las sombras, entre mortuorios fantasmas, fuera buscando a Eurídice.
De todas las maneras de producirse el
amor, y de todos los agentes de diseminación de ese mal sagrado, uno de los más
eficaces es ese gran torbellino de agitación que nos arrastra en ciertas
ocasiones. La suerte está echada, y el ser que por entonces goza de nuestra
simpatía, se convertirá en el ser amado. Ni siquiera es menester que nos guste
más que otros. Lo que se necesitaba es que nuestra inclinación hacia él se
transformara en exclusiva. Y esa condición se realiza cuando, al echarlo de
menos, en nosotros sentimos, no ya el deseo de buscar los placeres que su trato
nos proporciona, sino la necesidad ansiosa que tiene por objeto el ser mismo,
una necesidad absurda que por las leyes de este mundo es imposible de
satisfacer y difícil de curar: la necesidad insensata y dolorosa de poseer a
esa persona.
Swann llegó hasta los últimos
restaurantes; no había tenido calma más que para afrontar la hipótesis de la
felicidad; pero ahora ya no ocultaba su agitación, ni el valor que le concedía
el encuentro de Odette, y ofreció a su cochero una recompensa si la encontraba,
como si así, inspirando el deseo de dar con ella, que vendría a acumularse al
suyo propio, fuera posible que Odette, aunque se hubiera recogido ya, siguiera
estando en un café del bulevar. Fue hasta la Maison Dorée, entró dos veces en
Tortoni, y salía, sin haberla encontrado del Café Inglés, con aire huraño y a
grandes zancadas en busca del coche que lo esperaba en la esquina del bulevar
de los Italianos, cuando de repente tropezó con una persona que venía en dirección
contraria a la suya: Odette; más tarde le explicó ella que, no habiendo
encontrado sitio en Prévost, se fue a cenar a la Maison Dorée, en un rincón
donde Swann no supo encontrarla, y ahora se dirigía a tomar su coche.
Tan inesperado fue para Odette el
encuentro con Swann, que se asustó. Él había estado corriendo medio París, más
que porque creyera posible encontrarla, porque le parecía durísimo tener que
renunciar. Y por eso aquella alegría que su razón estimaba irrealizable por
aquella noche, le pareció aún mucho mayor; porque no había colaborado en ella
con la previsión de creerla verosímil, porque era ajena a él; y porque no se
sacaba él del espíritu para dársela a Odette, sino que emanaba de ella misma,
ella misma la proyectaba hacia él, aquella verdad tan radiante que disipaba
como un sueño el temido aislamiento, y en la que se apoyaba y descansaba, sin
pensar, su sueño de felicidad. Lo mismo un viajero que llega un día de buen
tiempo a orillas del Mediterráneo, se olvida de que existen los países que
acaba de atravesar, y más que mirar al mar, deja que le cieguen la vista los
rayos que hacia él lanza el azul luminoso y resistente de las aguas.
Subió con Odette en el coche de ella y
mandó a su cochero que fuera detrás.
Odette tenía en la mano un rayo de
catleyas, y Swann vio, debajo del pañuelo de encaje que le cubría la cabeza,
que llevaba en el pelo flores de la misma variedad de orquídea, atadas al airón
de plumas de cisne. Tocada de mantilla, llevaba un traje de terciopelo negro,
que se recogía oblicuamente en la parte inferior para dejar asomar un trozo de
falda de faya blanca; también por debajo del terciopelo asomaba otro paño de
faya blanca en el corpiño, donde se abría el escote, en el cual se hundían
otras cuantas catleyas. Apenas se había repuesto del susto que tuvo al toparse
con Swann, cuando el caballo se encontró con un obstáculo y dio una huida.
Llevaron una gran sacudida, y Odette lanzó un grito y se quedó sin aliento,
toda palpitante.
―No
es nada, dijo él, no se asuste.
Y
la cogió por el hombro, apoyándola contra su cuerpo para sostenerla; luego
dijo:
―No
hable usted, no se canse más, contésteme por señas. ¿Me permite usted que le
vuelva a poner bien las flores esas del escote que casi se caen con la
sacudida? Tengo miedo de que las pierda usted, voy a meterlas un poco más.
Odette,
que no estaba acostumbrada a que los hombres usaran tantos rodeos con ella, le
dijo:
―Sí,
sí, hágalo.
Pero
Swann, azorado por la consternación y quizás también porque había hecho creer a
Odette que el pretexto de las flores era sincero, y acaso porque también él
empezaba a creer que lo había sido, exclamó:
―Pero
no hable, va usted a cansarse, contésteme por señas que yo la entiendo. ¿De
veras me deja usted…? Mire, aquí hay un poco de…, creo que es el polen que se
ha desprendido de las flores; si me permite se lo voy a quitar con la mano. ¿No
le hago daño? ¡No! Quizá cosquillas, ¿eh? Pero es que no quiero tocar el
terciopelo para no chafarle. ¿Ve usted?, no había mas remedio que sujetarlas,
si no se caen; las voy a hundir un poco más… ¿De veras que no la molesto? ¿Me
deja usted que las huela, a ver si no tienen perfume? Nunca he olido estas
flores, ¿me deja?, dígamelo de veras.
Swann alzó la otra mano, acariciando la mejilla de Odette; ella lo miró fijamente, con ese mirar desfalleciente y grave de las mujeres del maestro florentino que, según Swann, se le parecían los ojos rasgados, finos, brillantes, como los de las figuras botticellescas, se asomaban al borde de los párpados, como dos lágrimas que se iban a desprender. Doblaba el cuello como las mujeres de Sandro lo doblan, tanto en sus cuadros paganos como en los profanos. Y con ademán que, sin duda, era habitual en ella, y que se cuidaba mucho de no olvidar en aquellos momentos porque sabía que le sentaba bien, parecía como que necesitaba un gran esfuerzo para retener su rostro, igual que si una fuerza invisible lo atrajera hacia Swann. Y Swann fue el que lo retuvo un momento con las dos manos, a cierta distancia de su cara, antes de que cayera en sus labios. Y es que quiso dejar a su pensamiento tiempo para que acudiera, para que reconociera el ensueño que tanto tiempo acarició, para que asistiera a su realización, lo mismo que se llama a un pariente que quiere mucho a un hijo nuestro para que presencie sus triunfos. Quizá Swann posaba en aquel rostro de Odette aún no poseído ni siquiera besado, y que veía por última vez esa mirada de los días de marcha con que queremos llevarnos un paisaje que nunca se volverá a ver.
Pero
era tan tímido con ella, que aunque aquella noche se le entregó, como la cosa
había empezado por arreglar las catleyas, ya fuera por temor a ofenderla, ya
por miedo a que pareciera que mintió la primera vez, ya porque le faltaba
audacia para pedir algo más que poner bien las flores (cosa que podía repetir,
porque no ofendió a Odette aquella primera noche), ello es que los demás días
siguió usando el mismo pretexto. Si llevaba catleyas prendidas en el pecho,
decía: ¡Qué lástima! Esta noche las catleyas están bien, no hay que tocarlas,
no están caídas como la otra noche; aquí veo una que no está muy bien, sin
embargo. ¿Me deja usted que vea a ver si
huelen más que las del otro día? Y si no llevaba:
―¡Ah!
Esta noche no hay catleyas: no puedo dedicarme a mis mañas. De modo que durante
algún tiempo no se alteró aquel orden de la primera noche, cuando comenzó con
roces de dedos y labios en el pecho de Odette, y así empezaban siempre a
acariciarse; más tarde, cuando aquella convención (o simulacro ritual de
convención) de las catleyas cayó en desuso, sin embargo, la metáfora “hacer
catleya”, convertida en sencilla frase, que empleaban inconscientemente para
significar la posesión física ―en la cual posesión, por cierto, no se posee
nada―, sobrevivió en su lenguaje, como en conmemoración de aquella costumbre
perdida. Y acaso esa manera especial de decir una cosa no significaba lo mismo
que sus sinónimos. Por muy cansado que se esté de las mujeres, aunque se
considere la posesión de distintas mujeres como la misma cosa, ya sabida de
antemano, cuando se trate de conquistas difíciles o que nosotros consideramos
como tales, se convierte en un placer nuevo, y entonces nos creemos obligados a
figurarnos que esa posesión nació de un episodio imprevisto de nuestras
relaciones con ella, como fue el episodio de las catleyas para Swann. Aquella
noche esperaba temblando (y se decía que si lograba engañar a Odette, ella
nunca lo adivinaría) que de entre los largos pétalos color malva de las flores
saldría la posesión de aquella mujer; y el placer que sentía, y que, según
pensaba él, toleraba Odette, porque no sabía de lo que se trataba, le pareció
cabalmente por eso algo como el que debió sentir el primer hombre al saborearlo
entre las flores del Paraíso Terrenal: un placer que antes no existía, un
placer que él iba creando, un placer ―como siempre trascendia del nombre
especial que le dio― totalmente particular y nuevo.
Ahora,
todas las noches, cuando la llevaba hasta su casa, Odette lo hacía entrar, y
muchas veces salía luego en bata a acompañarlo hasta el coche, y lo besaba
delante del cochero diciendo: “¿Y a mí qué? ¿Qué me importa la gente?” Las
noches que Swann no iba a casa de los Verdurin (cosa más frecuente desde que
tenía más facilidad para verla), Odette le rogaba que pasara por su casa antes
de recogerse, sea la hora que fuere. Por entonces era primavera, una primavera
helada y pura. Al salir de alguna reunión mundana, Swann montaba en su
victoria, se echaba una manta por las piernas, contestaba a los amigos que lo
invitaban a marchar juntos que no iba por el mismo camino, y el cochero, que ya
sabía adónde tenía que ir, arrancaba a gran trote. Los amigos se extrañaban, y,
en efecto, Swann ya no era el mismo. Ahora no se recibían cartas suyas pidiendo
que le presentaran a una mujer. No se fijaba en ninguna, y ya no iba por los sitios
donde suelen verse mujeres. En un restaurante del campo, su actitud era ahora
precisamente la contraria de aquella que antes lo daba a conocer, y que todos
creían que le duraría siempre. Y es que una pasión acciona sobre nosotros como
un carácter momentáneo y diferente, que reemplaza al nuevo verdadero y suprime
aquellas señales externas con que se exteriorizaba. En cambio, era ahora cosa
invariable que Swann, en cualquier parte que estuviera, no dejaba de ir a ver a
Odette. Recorría inevitablemente el espacio que lo separaba de ella; espacio
que era como la pendiente misma, irresistible y rápida, de su vida. […]
La
mayoría de las personas que conocemos no nos inspiran más que indiferencia; de
modo que cuando en un ser depositamos grandes posibilidades de pena o de
alegría para nuestro corazón, se nos figura que pertenece a otro mundo, se
envuelve en poesía, convierte nuestra vida en una gran llanura, donde nosotros
no apreciamos más que la distancia que de él nos separa. Swann no podía por
menos de inquietarse cuando se preguntaba lo que Odette sería en el porvenir.
Muchas veces, al ver desde su victoria, en aquellas hermosas y frías noches, la
luz de la luna que difundía su claridad entre sus ojos y las calles desiertas,
pensaba en aquel rostro claro, levemente rosado, como el de la luna, que surgió
un día ante su alma y que desde entonces proyectaba sobre el mundo la luz
misteriosa en que aparecía envuelto.
Marcel Proust
Por el camino de Swann
Traducción de Pedro Salinas

