martes, 1 de marzo de 2016


Marcel Proust

El encuentro de Swann con Odette





     Ya empezaban a apagar en todas partes. Por debajo de los árboles del bulevar, en una misteriosa oscuridad, erraban los pocos transeúntes, apenas discernibles. De cuando en cuando, una sombra femenina se acercaba a Swann, le decía unas palabras al oído, y le pedía que la acompañara a casa; Swann se estremecía. Iba rozando al pasar todos esos cuerpos oscuros como si por el reino de las sombras, entre mortuorios fantasmas, fuera buscando a Eurídice.
De todas las maneras de producirse el amor, y de todos los agentes de diseminación de ese mal sagrado, uno de los más eficaces es ese gran torbellino de agitación que nos arrastra en ciertas ocasiones. La suerte está echada, y el ser que por entonces goza de nuestra simpatía, se convertirá en el ser amado. Ni siquiera es menester que nos guste más que otros. Lo que se necesitaba es que nuestra inclinación hacia él se transformara en exclusiva. Y esa condición se realiza cuando, al echarlo de menos, en nosotros sentimos, no ya el deseo de buscar los placeres que su trato nos proporciona, sino la necesidad ansiosa que tiene por objeto el ser mismo, una necesidad absurda que por las leyes de este mundo es imposible de satisfacer y difícil de curar: la necesidad insensata y dolorosa de poseer a esa persona.
Swann llegó hasta los últimos restaurantes; no había tenido calma más que para afrontar la hipótesis de la felicidad; pero ahora ya no ocultaba su agitación, ni el valor que le concedía el encuentro de Odette, y ofreció a su cochero una recompensa si la encontraba, como si así, inspirando el deseo de dar con ella, que vendría a acumularse al suyo propio, fuera posible que Odette, aunque se hubiera recogido ya, siguiera estando en un café del bulevar. Fue hasta la Maison Dorée, entró dos veces en Tortoni, y salía, sin haberla encontrado del Café Inglés, con aire huraño y a grandes zancadas en busca del coche que lo esperaba en la esquina del bulevar de los Italianos, cuando de repente tropezó con una persona que venía en dirección contraria a la suya: Odette; más tarde le explicó ella que, no habiendo encontrado sitio en Prévost, se fue a cenar a la Maison Dorée, en un rincón donde Swann no supo encontrarla, y ahora se dirigía a tomar su coche.
Tan inesperado fue para Odette el encuentro con Swann, que se asustó. Él había estado corriendo medio París, más que porque creyera posible encontrarla, porque le parecía durísimo tener que renunciar. Y por eso aquella alegría que su razón estimaba irrealizable por aquella noche, le pareció aún mucho mayor; porque no había colaborado en ella con la previsión de creerla verosímil, porque era ajena a él; y porque no se sacaba él del espíritu para dársela a Odette, sino que emanaba de ella misma, ella misma la proyectaba hacia él, aquella verdad tan radiante que disipaba como un sueño el temido aislamiento, y en la que se apoyaba y descansaba, sin pensar, su sueño de felicidad. Lo mismo un viajero que llega un día de buen tiempo a orillas del Mediterráneo, se olvida de que existen los países que acaba de atravesar, y más que mirar al mar, deja que le cieguen la vista los rayos que hacia él lanza el azul luminoso y resistente de las aguas.
Subió con Odette en el coche de ella y mandó a su cochero que fuera detrás.
Odette tenía en la mano un rayo de catleyas, y Swann vio, debajo del pañuelo de encaje que le cubría la cabeza, que llevaba en el pelo flores de la misma variedad de orquídea, atadas al airón de plumas de cisne. Tocada de mantilla, llevaba un traje de terciopelo negro, que se recogía oblicuamente en la parte inferior para dejar asomar un trozo de falda de faya blanca; también por debajo del terciopelo asomaba otro paño de faya blanca en el corpiño, donde se abría el escote, en el cual se hundían otras cuantas catleyas. Apenas se había repuesto del susto que tuvo al toparse con Swann, cuando el caballo se encontró con un obstáculo y dio una huida. Llevaron una gran sacudida, y Odette lanzó un grito y se quedó sin aliento, toda palpitante.
―No es nada, dijo él, no se asuste.
Y la cogió por el hombro, apoyándola contra su cuerpo para sostenerla; luego dijo:
―No hable usted, no se canse más, contésteme por señas. ¿Me permite usted que le vuelva a poner bien las flores esas del escote que casi se caen con la sacudida? Tengo miedo de que las pierda usted, voy a meterlas un poco más.
Odette, que no estaba acostumbrada a que los hombres usaran tantos rodeos con ella, le dijo:
―Sí, sí, hágalo.
Pero Swann, azorado por la consternación y quizás también porque había hecho creer a Odette que el pretexto de las flores era sincero, y acaso porque también él empezaba a creer que lo había sido, exclamó:
―Pero no hable, va usted a cansarse, contésteme por señas que yo la entiendo. ¿De veras me deja usted…? Mire, aquí hay un poco de…, creo que es el polen que se ha desprendido de las flores; si me permite se lo voy a quitar con la mano. ¿No le hago daño? ¡No! Quizá cosquillas, ¿eh? Pero es que no quiero tocar el terciopelo para no chafarle. ¿Ve usted?, no había mas remedio que sujetarlas, si no se caen; las voy a hundir un poco más… ¿De veras que no la molesto? ¿Me deja usted que las huela, a ver si no tienen perfume? Nunca he olido estas flores, ¿me deja?, dígamelo de veras.
Ella, sonriente, se encogió de hombros como diciendo: ¡Qué tonto es usted, pues no ve que me gusta!






     Swann alzó la otra mano, acariciando la mejilla de Odette; ella lo miró fijamente, con ese mirar desfalleciente y grave de las mujeres del maestro florentino que, según Swann, se le parecían los ojos rasgados, finos, brillantes, como los de las figuras botticellescas, se asomaban al borde de los párpados, como dos lágrimas que se iban a desprender. Doblaba el cuello como las mujeres de Sandro lo doblan, tanto en sus cuadros paganos como en los profanos. Y con ademán que, sin duda, era habitual en ella, y que se cuidaba mucho de no olvidar en aquellos momentos porque sabía que le sentaba bien, parecía como que necesitaba un gran esfuerzo para retener su rostro, igual que si una fuerza invisible lo atrajera hacia Swann. Y Swann fue el que lo retuvo un momento con las dos manos, a cierta distancia de su cara, antes de que cayera en sus labios. Y es que quiso dejar a su pensamiento tiempo para que acudiera, para que reconociera el ensueño que tanto tiempo acarició, para que asistiera a su realización, lo mismo que se llama a un pariente que quiere mucho a un hijo nuestro para que presencie sus triunfos. Quizá Swann posaba en aquel rostro de Odette aún no poseído ni siquiera besado, y que veía por última vez esa mirada de los días de marcha con que queremos llevarnos un paisaje que nunca se volverá a ver.
Pero era tan tímido con ella, que aunque aquella noche se le entregó, como la cosa había empezado por arreglar las catleyas, ya fuera por temor a ofenderla, ya por miedo a que pareciera que mintió la primera vez, ya porque le faltaba audacia para pedir algo más que poner bien las flores (cosa que podía repetir, porque no ofendió a Odette aquella primera noche), ello es que los demás días siguió usando el mismo pretexto. Si llevaba catleyas prendidas en el pecho, decía: ¡Qué lástima! Esta noche las catleyas están bien, no hay que tocarlas, no están caídas como la otra noche; aquí veo una que no está muy bien, sin embargo. ¿Me deja usted que vea a ver  si huelen más que las del otro día? Y si no llevaba:
―¡Ah! Esta noche no hay catleyas: no puedo dedicarme a mis mañas. De modo que durante algún tiempo no se alteró aquel orden de la primera noche, cuando comenzó con roces de dedos y labios en el pecho de Odette, y así empezaban siempre a acariciarse; más tarde, cuando aquella convención (o simulacro ritual de convención) de las catleyas cayó en desuso, sin embargo, la metáfora “hacer catleya”, convertida en sencilla frase, que empleaban inconscientemente para significar la posesión física ―en la cual posesión, por cierto, no se posee nada―, sobrevivió en su lenguaje, como en conmemoración de aquella costumbre perdida. Y acaso esa manera especial de decir una cosa no significaba lo mismo que sus sinónimos. Por muy cansado que se esté de las mujeres, aunque se considere la posesión de distintas mujeres como la misma cosa, ya sabida de antemano, cuando se trate de conquistas difíciles o que nosotros consideramos como tales, se convierte en un placer nuevo, y entonces nos creemos obligados a figurarnos que esa posesión nació de un episodio imprevisto de nuestras relaciones con ella, como fue el episodio de las catleyas para Swann. Aquella noche esperaba temblando (y se decía que si lograba engañar a Odette, ella nunca lo adivinaría) que de entre los largos pétalos color malva de las flores saldría la posesión de aquella mujer; y el placer que sentía, y que, según pensaba él, toleraba Odette, porque no sabía de lo que se trataba, le pareció cabalmente por eso algo como el que debió sentir el primer hombre al saborearlo entre las flores del Paraíso Terrenal: un placer que antes no existía, un placer que él iba creando, un placer ―como siempre trascendia del nombre especial que le dio― totalmente particular y nuevo.
Ahora, todas las noches, cuando la llevaba hasta su casa, Odette lo hacía entrar, y muchas veces salía luego en bata a acompañarlo hasta el coche, y lo besaba delante del cochero diciendo: “¿Y a mí qué? ¿Qué me importa la gente?” Las noches que Swann no iba a casa de los Verdurin (cosa más frecuente desde que tenía más facilidad para verla), Odette le rogaba que pasara por su casa antes de recogerse, sea la hora que fuere. Por entonces era primavera, una primavera helada y pura. Al salir de alguna reunión mundana, Swann montaba en su victoria, se echaba una manta por las piernas, contestaba a los amigos que lo invitaban a marchar juntos que no iba por el mismo camino, y el cochero, que ya sabía adónde tenía que ir, arrancaba a gran trote. Los amigos se extrañaban, y, en efecto, Swann ya no era el mismo. Ahora no se recibían cartas suyas pidiendo que le presentaran a una mujer. No se fijaba en ninguna, y ya no iba por los sitios donde suelen verse mujeres. En un restaurante del campo, su actitud era ahora precisamente la contraria de aquella que antes lo daba a conocer, y que todos creían que le duraría siempre. Y es que una pasión acciona sobre nosotros como un carácter momentáneo y diferente, que reemplaza al nuevo verdadero y suprime aquellas señales externas con que se exteriorizaba. En cambio, era ahora cosa invariable que Swann, en cualquier parte que estuviera, no dejaba de ir a ver a Odette. Recorría inevitablemente el espacio que lo separaba de ella; espacio que era como la pendiente misma, irresistible y rápida, de su vida. […]
La mayoría de las personas que conocemos no nos inspiran más que indiferencia; de modo que cuando en un ser depositamos grandes posibilidades de pena o de alegría para nuestro corazón, se nos figura que pertenece a otro mundo, se envuelve en poesía, convierte nuestra vida en una gran llanura, donde nosotros no apreciamos más que la distancia que de él nos separa. Swann no podía por menos de inquietarse cuando se preguntaba lo que Odette sería en el porvenir. Muchas veces, al ver desde su victoria, en aquellas hermosas y frías noches, la luz de la luna que difundía su claridad entre sus ojos y las calles desiertas, pensaba en aquel rostro claro, levemente rosado, como el de la luna, que surgió un día ante su alma y que desde entonces proyectaba sobre el mundo la luz misteriosa en que aparecía envuelto.



Marcel Proust

Por el camino de Swann
Traducción de Pedro Salinas

  

lunes, 29 de febrero de 2016



John Donne
Elegía XIX
Antes de acostarse





Elegía XIX
Antes de acostarse


Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía.
Reposar es mi fuerza pues tendido me esfuerzo:
No es enemigo el enemigo
Hasta que no lo ciñe nuestro mortal abrazo.
Tu ceñidor desciñe, meridiano
Que un mundo más hermoso que el del cielo
Aprisiona en su luz; desprende
El prendedor de estrellas que llevas en el pecho
Por detener ojos entrometidos;
Desenlaza tu ser, campanas armoniosas
Nos dicen, sin decirlo, que es hora de acostarse.
Ese feliz corpiño que yo envidio,
Pegado a ti como si fuese vivo:
¡Fuera! Fuera el vestido, surjan valles salvajes
Entre las sombras de tus montes, fuera el tocado,
Caiga tu pelo, tu diadema,
Descálzate y camina sin miedo hasta la cama.
También de blancas ropas revestidos los ángeles
El cielo al hombre muestran, mas tú, blanca, contigo
A un cielo mahometano me conduces.
Verdad que los espectros van de blanco
Pero por ti distingo al buen del mal espíritu:
Uno hiela la sangre, tú la enciendes.
Deja correr mis manos vagabundas
Atrás, arriba, enfrente, abajo y entre,
Mi América encontrada: Terranova,
Reino sólo por mí poblado,
Mi venero precioso, mi dominio.
Goces, descubrimientos,
Mi libertad alcanzo entre tus lazos;
Lo que toco, mis manos lo han sellado.
La plena desnudez es goce entero:
Para gozar la gloria las almas desencarnan,
Los cuerpos se desvisten.
Las joyas que te cubren
Son como las pelotas de Atalanta:
Brillan, roban la vista de los tontos.
La mujer es secreta:
                                    Apariencia pintada,
Como libro de estampas para indoctos
Que esconde un texto místico, tan sólo
Revelado a los ojos que traspasan
Adornos y atavíos.
Quiero saber quién eres tú: descúbrete,
Sé natural como al nacer,
Más allá de la pena y la inocencia
Deja caer esa camisa blanca,
Mírame, ven, ¿qué mejor manta
Para tu desnudez, que yo, desnudo?

John Donne
1699

[Traducción de Octavio Paz]






Elegy XIX
To His Mistress Going to Bed


Come, Madam, come, all rest my powers defy,
Until I labor, I in labor lie.
The foe oft-times having the foe in sight,
Is tir'd with standing though he never fight.
Off with that girdle, like heaven's Zone glittering,
But a far fairer world encompassing.
Unpin that spangled breastplate which you wear,
That th'eyes of busy fools may be stopt there.
Unlace your self, for that harmonious chime,
Tells me from you, that now it is bed time.
Off with that happy busk, which I envie,
That still can be, and still can stand so nigh.
Your gown going off, such beautious state reveals,
As when from flow'ry meads th'hills shadow steals.
Off with that wiry Coronet and show
The hairy diadem which on you doth grow:
Now off with those shoes, and then softly tread
In this, love's hallow'd temple, this soft bed.
In such white robes, heaven's Angels us'd to be
Receiv'd by men: thou Angel bringst with thee?
A heaven like Mahomet's Paradice, and though
Ill spirits walk in white, we eas'ly know,
By this these Angels from an evil sprite,
Those set our hairs, but these our flesh upright.
     License my roving hands, and let them go,
Behind, before, above, between, below.
O my America! my new-found-land,
My kingdom, safeliest when with one man man'd,
My mine of precious stones: my emperie,
How blest am I in this discovering thee!
To enter in these bonds, is to be free;
Then where my hand is set, my seal shall be.
     Full nakedness! All joys are due to thee,
As souls unbodied, bodies uncloth'd must be,
To taste whole joyes. Gems which you women use
Are like Atlanta's balls, cast in mens views,
That when a fool's eye lighteth on a gem,
His earthly soul may covet theirs, not them:
Like pictures or like books gay coverings made
For lay-men, are all women thus array'd.
Themselves are mystick books, which only wee
(Whom their imputed grace will dignify)
Must see rever'd. Then since that I may know;
As liberally, as to a midwife show
Thyself: cast all, yea, this white linen hence,
There is no penance due to innocence.
     To teach thee I am naked first; why than,
What needst thou have more covering then a man?


John Donne
1699



domingo, 28 de febrero de 2016

“De coger con mi cuerpo te jactabas,
jáctate hoy de haber cogido mi alma”

¿Un soneto de Baudelaire?






“El fantasma ―sea el del espíritu del muerto que regresa o la imagen que inventa nuestro deseo― es uno de los ejes de la poesía de Baudelaire. En Mon coeur mis à nu cita un soneto anónimo del XVII que atribuye a Maynard o a Racan y que podía haber sido escrito por él.” (Octavio Paz)


Soñé anoche que Filis, de regreso,
bella como lo fue en la luz del día,
quiso que yo gozase su fantasma,
nuevo Ixión abrazado a una nube.

Se deslizó en mi lecho murmurando,
ya desnuda su sombra: “Al fin he vuelto,
Damón, y más hermosa: el reino triste
donde me guarda el hado, me embellece.

Vengo para gozarte, bello amante,
vengo por remorir entre tus brazos.”
Después, cuando mi llama se extinguía:

“Adiós ―dijo―, regreso entre los muertos.
De coger con mi cuerpo te jactabas,
jáctate hoy de haber cogido mi alma.”


[Traducción de Octavio Paz, 
ligeramente argentinizada]


*


Leemos en Mon coeur mis à nu de Charles Baudelaire:

Je songeais cette nuit que Philis revenue,
Belle comme elle était à la clarté du jour,
Voulait que son fantôme encore fît l'amour,
Et que, comme Ixion, j'embrassasse une nue.

Son ombre dans mon lit se glisse toute nue,
Et me dit : Cher Damon, me voici de retour ;
Je n'ai fait qu'embellir en ce triste séjour
Où depuis mon départ le Sort m'a retenue.

Je viens pour rebaiser le plus beau des amants ;
Je viens pour remourir dans tes embrassements!”
Alors, quand cette idole eut abusé ma flamme,

Elle me dit: “Adieu! Je m'en vais chez les morts.
Comme tu t'es vanté d'avoir foutu mon corps,
Tu pourras te vanter d'avoir foutu mon âme.”

Parnasse satyrique.

Je crois que ce sonnet est de Maynard.

Malassis prétend qu'il est de Racan.